jueves, 25 de diciembre de 2014

Pensé en los dos, y pensé en Dios.
Pero después también pensé,
pensé en vos con cualquier otro Sol.
Pensé en los restos pisoteados y yo,
pensé en aquel viejo Dios malogrado.
Pensé en otro Dios luego de vos.
Pensé en el amor como único Dios.
Pensé en la sangre aterrizando sobre el hoy,
por un mañana acompañado de otro vos.
Pensé y sólo pensé.
Pensé que no existía presente,
entonces simplemente lo olvidé.


domingo, 14 de diciembre de 2014

Cuerpo concebido por escisión
Juntar las partes es un horror
Deja que se adhiera como quiera,
es víctima de una eterna canción.
Sigue girando el disco sin posición,
su estribillo ocupa más que montón.
Duran más de lo esperado,
las letras en la vajilla bordó.



sábado, 25 de octubre de 2014

Escaparse del mundo de cuencas azules,
ir lejos de la tierra ciega que mira.
Conozco tu pasado, sé que ayer no veías.
Te equivocas, ojos nunca ha mendigado,
esta masa asqueada por tu paso.
Suéltame el brazo, seré imprudente
como tú, cuando sin motivo nos castigas.
En vano hablas a la omnipotencia que te dio la vida;
arrodíllate a mi merced querida hija mía.
Cierra el pico, sé que en tu ausencia se respira.
Toma el aire que quieras, veamos si eso basta
para que puedas seguir con la cabeza erguida.

lunes, 20 de octubre de 2014


 

  El señor Méndez, originario de la Isla Martini –conocida vulgarmente como “Margarita”-, quería conocer su rostro antes de morir. Tarea para nada sencilla, sabiendo que la Constitución de este pedacito de Argentina perdido en el mar, prohíbe cabalmente el conocimiento del propio físico por medio de instrumentos artificiales. La contemplación de uno mismo sólo es legal cuando está llevada a cabo por los propios ojos, la intervención de terceros elementos, -ya sea cámara fotográfica, espejos, cucharas de acero en dónde se aprecian brumas humanas, aguas con una transparencia reflejable, inocentes ojos de niño con atisbos de personas en su fondo, vidrios etéreos- es considerada como una actividad clandestina. El artículo número diecisiete castiga al quebrantador de dicha Ley con la muerte, y no con cualquier muerte, sino una que deja a la eternidad del recuerdo una huella humillante. Hasta el día de hoy, nadie se atrevió a circular en sentido contrario a las normas; pero hoy es otro día, y a Méndez ya le pesa el paso del tiempo. Su muerte puede ocurrir en cualquier momento, cumple cincuenta y seis años desde que vino al mundo, aquí, en la Isla Martini.

  A la hora del almuerzo, vino su familia a visitarlo. Mercedes, su hija más grande, trajo a los niños, para que alegraran a su abuelo de la depresión de la vejez que viene, pero no se va. Facundo y Mía, los gemelos, saltaban alrededor de Méndez, tirándole las orejas, chocándose entre sí, llevándose puestas las sillas y las paredes. La infancia en terreno Margarita era agobiadora, el nacimiento de una criatura, era la preparación de un nuevo antifaz sin agujeros, para que nadie pudiera apreciarse en la vivaz mirada de los niños. Con los años, la amargura de la vida enmaraña cada parte del chiquillo, hasta adueñarse de los ojos como Madreselva. Llegado el día, ven por primera vez al mundo.

  Muchas parejas tuvieron hijos para conocerse a sí mismos, he visto embarazadas tejiendo mascarillas para su primogénito con ademanes pérfidos, acompañadas por maridos que sólo las soportaban debido a la imposibilidad de llevar un crío en su vientre y de parir en soledad. Se equivocaron al creer que nadie descubriría sus intenciones, la justicia se encarga de repartir muertes entre risas y dejar a niños huérfanos en estos casos.

  Facundo y Mía estaban acariciando al perro (era un gato, pero ellos siempre creyeron que era un perro), con sus piernitas amoreteadas al Sol, cuando Mercedes trajo la torta de cumpleaños con las velas del cinco y el seis. Tres deseos, Méndez pidió solo uno. Mientras soplaba las llamas, se preguntaba de qué sirve la aprobación de su familia, cuándo no podía conocerse a sí mismo.

  Y ahí fue el momento en el que su cabeza se volcó hacia el bando enemigo del gobierno. Echo a su familia de su casa, excusándose con un dolor de cabeza. Esa noche, Méndez, no asistió a la rutina de la Isla, y fue en busca de su rostro.

  La vida nocturna en Margarita, era muy agitada y alegre. Los ciudadanos se reunían en el patio Central, junto a las palmeras y los viñedos, y al calor de la euforia de la unión, hacían vino.

  Cuando Méndez salió de su casa, la ceremonia estaba por comenzar, hombres con saco y zapatos pulidos con betún –con el lustre justo, para evitar centelleos de narices, pómulos, ojos o bocas en la negritud del calzado- , mujeres con vestidos espumosos olorosas a Heno de Pravia, y acicalados niños con los ojos tapados, caminaban con prisa por el camino que dirigía al centro. Para pasar desapercibido, sacó el traje del armario y se lo puso. Era su preferido: esmoquin y chaleco azul, con moñito haciendo juego. Antes de irse, volvió a repetir las mismas acciones que había ejecutado hace cuarenta y cuatro años atrás, cuando había cumplido doce años y fue liberado del tapa ojos. La emoción de ese entonces, sólo podía superarse si veía su rostro. Al dormirse sus padres en la siesta de las tres, revolvió cada utensilio de la cocina para encontrar un plato, una olla, algo en lo que pudiera verse reflejado. Se largó a llorar frente a los cuchillos y las sartenes negras. No existía manera de verse, los vidrios estaban polarizados, el mar estaba enfermo de una opacidad  desconocida para la Pachamama.

  Esa noche, probó el vino. No falto a ninguna de las ceremonias nocturnas desde ese entonces. A excepción de esta noche, la noche que es necesario documentar.

  Méndez decidió ir a visitar al pintor de Martini, Víctor Rodríguez, el mejor retratador de los vastos kilómetros de tierra que lo rodeaban. Víctor pintaba por gusto, coloreaba amaneceres en las paredes, dibujaba la ceremonia vinícola, las uvas bajo los pies siendo aplastadas por todos, el vino saltando de mano en mano, los niños llorando por no encontrar a sus padres, tirados borrachos en la orilla del mar. Era un artista nato, pero no realizado completamente. En sus obras faltaban las personas, los rostros, los niños, sólo dibujaba a los paisajes desnudos de quienes le daban vida a las damajuanas que explayaba en sus telas a modo de fantasmas flotando en el centro.

  Méndez fue a visitar al pintor Rodríguez al anochecer, en la semana mantuvo la boca cerrada para que nadie se enterara. Esquivando rostros conocidos que lo pudieran cuestionar, -no había planificado una respuesta antes los “¿Hacia dónde va Don Méndez? ¡El camino es para allá hombre!”- marchó rectamente hacia su rumbo. Quería lograr su misión, cueste lo que cueste.

  Así es como se dirigió al Monte Champagna, dónde vivía su salvador, Víctor. Encaminado hacia el destino, era pura sonrisas, que placer más grande el previo al cumplimiento de los sueños, cuanta alegría lo invadía al imaginar su rostro en otro sitio que no fuera su propio rostro. ¡Lo iba a ver! Se iba a conocer, todo cambiaría desde ese entonces, sus dudas existenciales, su manera de encarar la vida, nada sería igual. Sería feliz, las autoridades no se enterarían del intruso conocedor de sí mismo, lo dejarían ser, creyendo que es uno más levantando su copa de vino para brindar por las noches alegres, y las mañanas de resaca que se saltean al dormir hasta la hora de la merienda.

  Entre ensoñaciones prometedoras y cánticos tangueros, Méndez serpenteaba los árboles del recorrido. “Salió a contramano, mi amigo, al nacer. Por eso que todo le sale al revés.” Sus entonaciones lo hacían reír, era la primera vez que sentía alegre sin el vino. El Cielo parecía haber confabulado a su favor, las posibilidades estaban a sus pies, el viento jugueteaba con la incipiente calvicie, una mano le daba golpecitos en la espalda. Estuvo a punto de derrumbarse al sentir los insistentes deditos que punzaban su saco. Empalideció como papel de manteca al descubrir a Marta detrás.

  “¡Dón Nicolá! ¡Qué hace usté en esta zona tan desagradable!” La señora de los arrugados párpados celestes giraba sobre sí misma mientras le hablaba a Méndez. Tenía el rouge acumulado en las comisuras de los labios, su cabeza le daba vueltas, al hablar exhalaba un aliento con el olor dulzón y rancio de los viñedos de Margarita. Méndez se despreocupó al darse cuenta de que Marta no recordaría ese episodio al amanecer, se sintió un poco desgraciado también. ¡Cuántas noches risueñas y vacías había en la Isla! ¡Qué alegres y ficticias eran las charlas en la medianoche!

  Dejo a Marta sentada en un cordón de tierra, y siguió su camino. Marta vomitó detrás de un árbol al notar que “Dón Nicolá” se había marchado.

 Víctor Rodríguez lo esperaba en el primer piso de su departamento. Era un pintor esnob, enamorado de cada pintura que hacía, encantado con su descuidado y sucio cuartucho repleto de trastos sucios y jarras de vino. Acepto la idea de Méndez en un periquete, no le importaba que lo descubrieran en la ilegalidad, tenía la estúpida idea de ganar reconocimiento al morir. Se veía a sí mismo como un subversivo, peleando contra la mano dura de la Isla Margarita, se regocijaba ante su imagen de mártir.

  Méndez le exigió discreción, poco le importaba el afán del joven por expirar, pero si se preocupaba por sí mismo, él aún no quería morir. Víctor acepto, creyendo que tarde o temprano descubrirían la pintura, colocando su apellido a la altura del nombre de un prócer.

  Bajo la macilenta iluminación, el señor Méndez visualizó un espacio vacío entre el insoportable descontrol. Su anfitrión había corrido unos cuadros y un jogging mugriento hacia un lado, para que su modelo pudiera ponerse cómodo. Lo invito a tomar asiento. No había sillas, el único lugar disponible era la ventana.

  Al sentarse en el alféizar, Méndez empezó a tener miedo. Nunca estuvo tan nervioso en su vida, las manos le vibraban como si tuviera que extirpar su propio corazón con un Tramontina, sin saber siquiera que los corazones que dibujan los enamorados no son reales. Agarro un habano de su bolsillo para detener esos temblores absurdos. No sirvió, siguió moviéndose como loco ante los gritos de Víctor que pedían quietud.

  “No es sencillo pintarte viejo, si te movés así, no podremos hacerlo” Méndez realmente deseaba continuar con la operación, pero no podía cesar sus actos compulsivos, sudaba como un cerdo, convulsionaba como si fuera que habría sido sometido a una mala praxis. Los pájaros canturreaban dándole la bienvenida al día. Se agotaba el tiempo, y la pintura recién comenzaba. Víctor enfurecía ante la repulsión que le generaba su arte, no le agradaba. ¿Pero cómo le iba a gustar si Méndez no se quedaba quieto? El pintor Rodríguez  copió a Méndez y se puso a fumar un cigarrillo de marihuana. Necesitaba tranquilizarse, ya era tarde, su frente bordeaba las venas encimadas en sus ojos. Esbozó unas líneas con su pincel, las rectas parecían curvas. Estrelló el pincel. Revolvió un cajoncito del mueble que estaba a su derecha y sacó una diminuta arma. “La puta madre, viejo. Este no era el trato.” Disparo seco.

  Víctor le acomodó las ropas a Méndez, quien estaba quietecito como si fuera una estatua de mármol. Limpió la mancha de sangre de su camisa con un trapo humedecido en saliva, lo sentó en una simpática posición, y le colocó el habano entre sus rígidos dedos de muerto. Siguió pintando feliz. “Ahora sí que está quedando bien viejo, eh.”

 El señor Méndez no conoció su rostro antes de morir.

 

 

sábado, 11 de octubre de 2014

Versos de mierda.


Rejunte de acá y allá
_____________________________________

-I-
Cedido el asiento reservado,
a la mujer de las piernas sin pies.
¿A dónde irá esa figura inerte?
No lo sabe,
pero cree estar yendo
en pos de la muerte.
¿Dónde está la nodriza de este paquete?

-II-
Con el calzado lleno de piedras,
se mantiene en pie la mujer sin piernas.
A su lado
una niña llora,
sentada sobre su equipaje.
Al otro lado de la calle
una niña ríe,
al hacerse madre.

-III-

Noche pintada de estrías,
tu no eres tinieblas,
eres día.
Negra bóveda reventona,
no te extiendas,
quédate dormida.

viernes, 10 de octubre de 2014


Piel de arcilla en enero,

pies inclinados en invierno.

Cuajos de carne sufriendo,

ante el ideal de ser un manjar espléndido.

Raciocinio desequilibrado por el cuerpo,

labios delineados con esmero,

dejadez a causa de un juicio enfermo.

Billetes intercambiados por espejos,

reflejos destruidos por dinero.

Yogures light y gimnasios llenos,

chachareo absurdo mientras se baja de peso.

Lista de compras para alegrar al cuerpo.

Incansable el silbido del teléfono.

Filas de una hora para pagar los impuestos,

ocho horas diarias, estas corto de sueldo.

Mujeres con aceite de avión en sus pechos,

hombres con extensiones en su sexo.

Niñas de reallities con traumas de obesos,

niños castigados por tomar muñecas en un juego.

Jóvenes con barba que creen ser insurrectos,

por agarrar una guitarra y decir esto.

Dos mil catorce años,

suicidios y Ebola esparciendo muertos.

Fin de la adolescente en manos del portero,

un público escatológico pide periodistas certeros.

Medios amarillistas le dan su merecido al pueblo,

mientras la farándula se asoma por un extremo,

para darle de comer al que no esté de acuerdo.

Sangre seguida por censos para ver quién es el mas apuesto.

Ficticios los límites, si la muerte no se acaricia con los dedos.

Cremas para detener este momento.

viernes, 18 de julio de 2014

  Los médicos me hacen preguntas que no sé responder. Pretender saber cómo sucedió sin poder clavarme en el lapso de lo que cuento, es absurdo. Suben el puente de los anteojos sobre la montaña de sus narices -sí, todos usan anteojos, todos tienen narices, es horrible- esperando alguna respuesta. Mientras, me sacudo, agarro el aire con las manos, lo suelto, le hago tajos. Siguen sin entender, respirando el aire cortado, lastimado. En unísono sangra el aire, y los tartamudeos que largo junto con la explicación de mi sintomatología. Ignoran que respiran coágulos, ignoran el desangramiento de mis palabras, cada vez más largas, cada vez más densas y estiradas. Si no tienen prisa, las perderán.
 Se deforman al decirlas, se hacen interminables.
 Separo en sílabas sin finalizar con la entonación de alguno de los componentes de la sílaba. Hago mal las escisiones, agrego guiones ortográficos para corregirme. Veo claramente cada palabra, cada sílaba. Corto las mayúsculas, todas las letras son mayúsculas; debo hacer la separación bien, sílaba por sílaba, agrupando letras, de a dos, de a tres, usando una regla que familiariza a ciertas consonantes y aleja a algunas vocales, cortando las sílabas con guiones, arriba de los renglones. No entiendo porque hago esto, justificar lo que tengo me da náuseas, ganas de llorar por las vocales, o por las consonantes. Soy una mayúscula en terreno de las minúsculas. Los médicos minúsculas me auscultan. Algo anda mal, lo veo en sus ojos; muy juntos, muy preocupados. Me exigen la explicación, una vez más. Vuelvo a separar en sílabas, me encariño con la a. Las a se vuelven incontables, son música de ascensor para nosotros. Finalmente nos acostumbramos.
 Nos acostumbramos al zumbido de los tubos de luz como a las tortuosas y cotidianas a. Las minúsculas lo hicieron primero, son sencillas, amigas de lo sencillo; guardan en un cajón los casos de mayúsculas. Ya se extinguirán, piensan.
 La herida larga momentos a borbotones, me clavo las uñas contra las arrugas de mis manos, ensanchando el surco de la línea de la vida. No dejaré que todo se pierda tan fácilmente. Intenté explicárselos con dibujos, cuando pierdo las palabras necesarias para que me entiendan, dibujo. Pero esta vez, no pude. Esa vez, aquellas veces. No puedo dibujar con una muñeca desnuda de coyuntura, las imágenes existen en tiempo y espacio, al igual que esta hoja, mi hoja para mi bosquejo, una hoja con la que no pude hallarme. Perdí la noción del tiempo desde que me empezó a suceder. Imposible fechar los acontecimientos. No sé si quiera que día es hoy. Un día a la tarde, o a la mañana, de eso estoy seguro. Debo sujetar las evidencias, apretarlas con la fuerza suficiente para penetrarme la piel. Aún se distinguir el Sol de la Luna. Si no fuera por eso, estaría fuera del espacio. De noche no es. Apostaría cualquier cosa, para comprobar que tengo certezas, algo me queda todavía. Los médicos tienen que enterarse de esto. No sé por cuanto tiempo mas tendré seguridades, no sé porque quiero saber el tiempo que me queda de lucidez. De nada sirve saber los días, cuando no se sabe que días corrieron y que días dejaron de pasar.
Carmen, mi querida Carmen. Espero que no hayas cumplido años en estos días, antes de la crisis castañeante, te había hecho una promesa, una promesa desconocida para vos, pero tan familiar para mí. Me repetí por noches enteras los planes que tenía para con vos, no quería olvidarlos. La mala memoria de siempre, la enfermedad, y los médicos despiadados; que no saben escuchar... Arruinaron todo, y yo colaboré en la destrucción. Es tan frágil todo, mi vida se desarma como un castillo construido con cartas españolas; se desinfla como lo hacía el bizcochuelo que preparaba mama, cada vez que la paciencia nos vencía y abríamos el horno a las apuradas. Mamá se daba cuenta de lo que hacíamos Carmen, mamá siempre supo que estábamos locos de remate, pero su vida no le bastó para imaginar a su pequeño niño blandiéndose contra la insensatez de los días. Nos veía como héroes, trazadores de un porvenir brillante, cuando lo único que centellea en mi mañana, es la ausencia de mañana; la esquina de esta habitación de locos, inundada por los mocos con que tapizo el piso cuando me pegan con la cuchara de madera. Me pegan Carmen, odian escucharme llorar en las noches, me arrodillo suplicándoles un tiempo para descargarme, pero que sé yo de tiempo; ni del tiempo del clima soy capaz de hablar. Las tortugas que sostienen al mundo, se asolean en verano. Es plano, mi mundo es plano. Puedo ver las estrellas porque no son estrellas, son brotes alérgicos a la catarsis que hace el mundo cuando se alimenta con las miserias. Puedo ver al Sol y a la Luna, porque el Sol y la Luna se mueven en mi mundo. Mi espacio siempre es el mismo, va de izquierda a derecha, hacia arriba y para abajo, pero nunca gira, nunca pasa el tiempo. Yo tengo frío, mucho frío en este hielo dorado en el que vivo. Sé que es de noche cuando lloro, de día no se me salta ni una lágrima de los ojos. Hago fuerza para que no se salgan de su lugar, necesito saber si está oscuro afuera o no, para entender cuando salga fuera, porque sé que en algún momento lo haré. Es mi manera de entender, procuro llorar sólo de noche para acunar a mi última verdad.
No me dejan salir del hospital, los Domingos -si supieras como juegan con mi desconcierto Carmen- me dan permiso para salir al Jardín, pero yo no sé que día cae Domingo, ni recuerdo el nombre de los demás días de la llamada semana.  El Domingo pasado fue Domingo porque ellos quisieron que sea Domingo. También fue Domingo para mí. He de rebautizar los días, amoldándolos a sus criterios, no quiero volverme loco; no loco para mí, al menos.
Me llevaron arrastrando al Jardín, intenté frenarlos, explicarles que no tenía puesto mi traje de Domingo, pero como justificarme, cuando había olvidado los días, cuando estaba bajo sus reglas. A las minúsculas no le gustan las mayúsculas, las hacen sentirse inferiores, sin elegancia. Me quisieron convertir en una minúscula. Lo supe desde siempre, desde el momento en el que me dí cuenta de que no somos todos iguales, y a las minúsculas no les gustan las diferencias. A las mayúsculas tampoco nos agradan, pero las disimulamos, nos quedamos calladitos porque somos menos. Esperamos el momento para atacar, la subidas de tono de voz que permiten la entrada de mayúsculas.
Carmen, no pude escapar. Empecé a recordar tu cumpleaños, y la crisis castañeante. Me extravío en cada castañeo con parada en nuestra vida.
¿Qué haces sin tu traje de Domingo? No podes estar vivo un Domingo, si no vistes como los Domingos.
Restaron un día en mi vida, lo tomaron como un día dormido, un día muerto, un día apto para pasear por cornisas sin peligro. Realmente ignoraba que era Domingo, si lo habría sabido, me habría puesto mi traje de Domingos, sin saberlo, sin entender de donde vienen los trajes de Domingo.
Ahí fue cuando me desnudaron. Me expusieron al Sol, contando con un cronometro el tiempo que faltaba para convertirme en una naranja. En la vida te toman de locos los locos. Yo tan cuerdo, tan saludable, tan castañeante... Y esos rufianes, divirtiéndose conmigo, porque sé que me tomaron por juguete; mas que por loco. Ni los locos merecen este trato, ni los muertos Carmen. Ellos no merecen castañear.
 De nuevo las mismas enfermeras que me ataron, con sus dientes de oro, preguntándome por el tiempo, por el origen de mis temblores. Sabía que era Domingo, ahora tenía tiempo, pero no podía encontrar la hoja, Carmen. Sin la hoja no soy nada, no puedo explicar, no puedo nada. Si podría ser capaz de hacer alguna acción, gestos, muecas, lo que fuera...
Los médicos sólo ven cabezas, para ellos no existen los cuerpos. Cabezas flotando los Domingos por el Jardín, cabezas lagrimeando en los rincones de los cuartos en las noches, cabezas para repiquetear con las chucharas de madera, cabezas que deben cazar antes de que se conviertan en cuerpos, antes de que piensen que nunca fueron cabezas. Algunas cabezas piensan que siempre fueron cuerpos, gelatinas de carne; esas cabezas ya están perdidas, las asesinan.
Somos peces en el Jardín, yo y los otros enfermos. Incluso vos Carmen, vos también sos un pez; un pez muerto; un pescado. Te pescaron antes que a mí por mi culpa. Te mandé al frente.
Me empezaron a amurallar poco a poco, los lunes, los días que sean, los días como se llamen. Tenía que salir, por vos Carmen, tan pequeña y tan de mi sangre, tenía que salvarte, pero terminé soltándote para rescatarme. Creyendo que sin mí no vivirías, preferí verte morir antes de suicidarme (porque dejarse matar, apolillarse en el rincón de los mocos, es un modo de fallecer a mano propia, evadiendo culpas.)
Correr es para los que tienen cuerpo. Nado en mis coágulos, manchones rojos en las plantas del Jardín. Quisiera ser un agua viva, para picar, para molestarlos. Médicos cazadores, enfermeras camufladas entre los árboles. Se les agita el corazón al tenerme cerca, les vibra la mano al intentar atraparme entre sus redes.
Caigo pesadamente, no puedo escapar de nada, sabiendo nada de mí. Mi cabeza yerta en el pasto, envuelta con una redecilla de metal, casco de esgrima antiguo muriéndose como si tendría vida en el mundo plano en el que habito. Carmen, quiero devolverte la vida; soplarte aire en la boca, inflarte hasta que crezcas, hasta que llegues a cumplir años, antes de la crisis castañeante.
Los peces siguen en el aire, agarro el aire, lo suelto. Soplo un poco para alejarlos. Peces, cabezas, pescados, muertos. El cirujano sentado sobre un árbol pone la carnada a su anzuelo. Espera pescar un Dorado. Yo espero a los tiburones, pacientemente, no vivo en el tiempo.  Me pongo a contar los peces que pasan, los cuento en letras, clasificándolos en mayúsculas y minúsculas, ya no hay mayúsculas. Me agradan las minúsculas ahora, me disgusta el sonido de las orejas al desplazarse; suena como un interruptor de luz en la oscuridad, como una gotera a mitad de la noche, como una media luna de uña rascando a otra media luna. Ahora entiendo, estoy castañeando como un zapato con taco caminando en cerámicas. Mis dientes mastican aire, mastican sangre, mastican a los peces gordos del jardín, mastican las manos de las enfermeras; para masticar mas sangre, más y más enfermedad, más pecas de Cielo.
 Tengo la nariz agujereada. Me la hicieron mal. Les pedí que me la hagan lisa, sin relieves, sin entradas ni salidas. Me desagradan las ventanas de mi cuerpo, las puertas también; aunque les tengo un poco más de simpatía. Es más sencillo echar algo grande por una abertura que comparta su tamaño, o lo duplique, que querer sacar los mismo por un agujero pequeño, casi invisible; probablemente inexistente. Fue fácil escupirte Carmen.
 Se cierran rápido, los que tienen el tamaño de la uña del dedo meñique; tardan dos segundos en desaparecer. Los cirujanos me preguntaron por qué me quejaba entonces. Ya se esfumaran los agujeros de tu nariz, no te quejes. No entienden. Les mandé un trabajo sobre mi cuerpo, para que lo hagan bien, no para que fallen como imbéciles. Estaban haciendo la residencia, se disculparon. Le podemos cocer la nariz señor, si así usted lo desea. Imbéciles. Se cierra sola, no es necesario. Ya me salió la cascarita, no debería arrancármela. Lo voy a hacer igual, estoy cansado de los no debería dentro de un terreno baldío. Tengo una multitud de cirujanos jovencitos en rededor, no se ven porque están escondidos. Detrás de los espejos que simulan paredes, sobre el techo, entre los dientes de oro que tiene la enfermera que me trae la comida; creo que también están metidos en la sopa. Ayer sabía raro. O estaban los residentes en el caldo, o le faltaba sal. Me confío más en la primera teoría, las segundas cosas que digo las invento; cuando puedo, pierdo la cuenta a veces, se complica el cumplimiento de las propias reglas. Hay que ser muy estricto para ser fiel a uno mismo. Yo no lo soy, por eso estoy acá, rodeada de residentes, curiosos mediquillos que apenas saben quien fue Pasteur. Saben tomar la presión, eso sí. Fundamental seguir el comportamiento de la presión. No valla a ser que uno esté hablando, contando lo que le pasa y de repente, PLOP. Explosión, como un globo. Un globo pinchado, con agujeros; siseando por el aire hasta quedarse sin aire, por culpa de los residentes. Están esperando algo, quieren que pase algo malo, cuanto más malo mejor; necesitan aprender, y si no pasa nada horrible, con mucha sangre, órganos dispersos por toda la habitación, o infecciones, no aprenderán. Por eso permanezco acá, por los residentes. Sigo las comidas religiosamente para que entren a mi cuerpo, sonrío en los espejos una o dos veces al día, para que puedan verme. A alguna conclusión llegarán, y la anotarán en sus libretas, si es que no se quedan dormidos, si es que no son masticados por la crisis castañeante. Carmen, te extraño tanto Carmen.